BIENESTAR
¿Cómo nuestros hábitos influyen en el sistema inmunológico
Theodoro Pérez-Gerdel, Líder científico Macroblends
| 25 de febrero de 2026 | Tiempo de lectura: 15 minutos
El sistema inmune no solo se activa cuando aparece una infección. Es una red muy intrincada y compleja de células, tejidos y mediadores químicos inflamatorios que interactúan de manera constante con nuestro medio interno: el metabolismo, la nutrición, el nivel de actividad física y el descanso. Cuando los hábitos de vida se desregulan, la respuesta inmunitaria pierde eficiencia y asertividad funcional, lo que no solo aumenta la susceptibilidad a infecciones, sino que también favorece inflamación crónica de bajo grado, fatiga persistente y menor capacidad de recuperación física.
La nutrición es uno de los sustratos fundamentales en la regulación de la función inmunológica. La orquesta celular del sistema inmune tiene una alta tasa de recambio y una demanda metabólica y energética significativa. Para que puedan proliferar, diferenciarse y responder de manera precisa, requieren suficiente disponibilidad energética, proteínas de alta calidad biológica y micronutrientes y vitaminas específicas. La síntesis de anticuerpos, citoquinas, factores del complemento y receptores celulares depende directamente del aporte proteico y nutricional global. Minerales como el zinc participan en la maduración de linfocitos T. La vitamina D modula tanto la inmunidad innata como la adaptativa, mientras que la vitamina A mantiene la integridad de las mucosas, que constituyen la primera barrera defensiva del organismo. Los ácidos grasos esenciales, especialmente los omega-3, intervienen en la regulación de mediadores inflamatorios. Cuando la alimentación es deficiente, ya sea por restricción calórica prolongada, dietas mal estructuradas o predominio de alimentos ultraprocesados, la competencia inmunológica disminuye de forma progresiva.
La actividad física regular actúa como un modulador positivo del sistema inmune. El ejercicio mejora la circulación de células inmunes, aumenta la vigilancia inmunológica y contribuye a reducir la inflamación crónica de bajo grado. Además, optimiza la sensibilidad a la insulina y favorece una composición corporal más saludable, lo que impacta directamente en la regulación inflamatoria sistémica. El músculo esquelético funciona como un órgano endocrino que libera mioquinas durante la contracción, las cuales modulan la respuesta inmunitaria y mejoran el entorno metabólico. Sin embargo, el beneficio depende de la dosificación. Un entrenamiento excesivo sin recuperación adecuada puede generar inmunosupresión transitoria, generando mayor susceptibilidad a infecciones virales.
El sedentarismo representa uno de los principales factores asociados al deterioro inmunológico. La inactividad física favorece la acumulación de grasa visceral, incrementa la resistencia a la insulina y promueve la producción sostenida de citoquinas proinflamatorias. La grasa visceral actúa como un tejido metabólicamente activo que contribuye a un estado inflamatorio crónico. Este entorno altera la señalización celular y reduce la eficacia de la respuesta inmune frente a patógenos. No se trata únicamente de menor condición física, sino de un cambio profundo en la regulación metabólica e inflamatoria.
La calidad de la alimentación también juega un papel determinante. El consumo frecuente de alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares refinados, grasas trans y aditivos, genera alteraciones metabólicas que impactan directamente la función inmunológica. Los picos repetidos de glucosa e hiperinsulinemia afectan la señalización celular, mientras que la baja ingesta de fibra altera la microbiota intestinal. El intestino alberga una proporción significativa de las células inmunes del organismo, y su equilibrio depende en gran medida de la diversidad bacteriana. Una microbiota alterada favorece mayor permeabilidad intestinal y un aumento de inflamación sistémica, lo que deteriora la regulación inmunitaria.
Un sistema inmune deficiente rara vez es consecuencia de un único factor. Generalmente es el resultado acumulativo de sueño insuficiente, estrés crónico, inactividad física y mala calidad nutricional. Estos elementos interactúan y amplifican sus efectos, generando un entorno metabólico menos resiliente. De manera inversa, los mismos hábitos que mejoran la composición corporal y el rendimiento físico fortalecen la respuesta inmunológica. El entrenamiento regular, una nutrición balanceada con adecuada densidad nutricional, el descanso nocturno suficiente y el control del estrés crean un entorno fisiológico que favorece la eficiencia del sistema inmune.
El estado inmunológico no depende únicamente de la genética ni de intervenciones aisladas. Es la expresión biológica del estilo de vida. Construir un organismo fuerte implica comprender que el sistema inmune responde a cómo nos alimentamos, cuánto nos movemos y cómo nos recuperamos. En ese contexto, el gimnasio no solo es un espacio para desarrollar fuerza o mejorar la apariencia física, sino una herramienta estratégica para fortalecer la resiliencia biológica y optimizar la salud integral.
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